Instituto de Humanidades, UDP

Los escándalos masificados de la Iglesia Católica llenan de desazón a los creyentes y de indignación a la sociedad. Ahora resulta que Chile llegó a ser un país sin obispos. El Papa que juzga es quien vino y respondió primero molesto, para luego retractarse (enhorabuena). Trata de explicar el mundo con herramientas conceptuales a veces precarias, pastorales insuficientes para dar cuenta de la crisis de la Iglesia, de la época, del mundo.

Hay testimonios de párrocos, monjes y monjas, curas sencillos que dedican sus vidas a las tareas del oficio, el acompañamiento de enfermos, la contemplación, la ayuda a pobres e inmigrantes. Pero no parece estar presente algo que la Iglesia tuvo a lo largo de su historia: la capacidad de expresar el espíritu en una institución.

Ni el Papa argentino, quizás demasiado cercano, ni el obispado poseen hoy esa aptitud. Tampoco los poderes neutros o nudamente disruptivos de un Felipe Berríos o la bonhomía de Benito Baranda suplen esa ausencia.

La Iglesia chilena parece derrumbarse sobre sus propias bases. Aunque “las puertas del infierno” no prevalezcan, quedará la fe popular y, ya lo digo, la contemplación y la ayuda al que sufre, disgregadas, crecientemente invisibilizadas en una sociedad que, la verdad sea dicha, está bien poco preocupada de lo que ocurra con la milenaria institución.
Los alcances del asunto parecen ser universales. No solo el catolicismo, el cristianismo viene en retirada. Las sociedades se han secularizado. La Iglesia, otrora la expresión –románica, gótica, romántica– del espíritu en el mundo, pierde su papel conductor en el ámbito cultural. Se desplaza hacia los márgenes. Y está bien, comenzó en los márgenes, en unos pueblos pobres de una provincia romana. Pero con alguien de tal conciencia histórica que pudo llegar a decir –¡una joven aldeana!– “bienaventurada me llamarán todas las generaciones”. En pueblos insignificantes, pero con aldeanas como esa, con Jesús y con apóstoles.

Mientras miro a la multitud pasar apurada por calles hacinadas, usualmente despreocupada de lo que no sea el trámite cotidiano, la pequeña ventaja, placer o consumo; mientras en una reunión observo rostros compulsivamente ocupados con sus pantallas personales más que con lo que se está hablando; mientras reparo, al efectuar los trámites de embarque en un aeropuerto, en las millones de personas que hacen lo mismo en dispositivos de tráfico irremediablemente impersonales, pienso, a veces, si no nos encontraremos realmente en uno de esos momentos en los que el viejo orden, sus dioses y su sentido han caído, ya no hablan, nos han abandonado, sin que todavía asome en el horizonte algo nuevo comparable.

Decaen las estructuras sociales tradicionales, la Iglesia es un ejemplo y las torpezas pastorales son más bien la expresión de algo muerto en las almas que actitudes premeditadas. Pero, al lado de la Iglesia, la familia, la escuela, el barrio, la universidad pasan por un proceso de transformación o descomposición, de vaciamiento de sentido, que no viene a ser reemplazado desde otra parte.

Nada muy nuevo vengo diciendo. El abandono de Dios es asunto decimonónico. La crisis de Occidente, la “decadencia”, es algo sobre lo que escribió Spengler hace un siglo. Parece que no nos habíamos dado cuenta o el asunto no había llegado todavía a este rincón protegido por la cordillera y el mar infinito.

“Dios violó a María”, rayaron unas feministas la semana pasada. Y en algún sentido la violenta expresión es explicable. Si no hay ya un espíritu que conmueva, si el espíritu nos ha abandonado, solo queda el poder. Entonces el “he aquí la esclava del Señor” no puede ser ya la respuesta extasiada a la intensificación existencial del espíritu salvífico, sino nada más que el sometimiento ciego al nudo poderío omnipotente. Las exaltadas que escribieron eso podrían ser las grotescas diagnosticadoras de la llegada del fin de época, de “la decadencia de Occidente” a Santiago.

En medio de la existencia mecanizada, de la “jaula de hierro” de trámite y sucesiones regulares en la que deviene nuestra vida, en medio de lo que lucen ser las ruinas –teñidas de esplendor tecnológico– de la gran cultura a la que pertenecemos, crece la angustia, la incertidumbre, la ansiedad, la evasión. Es algo con lo que tenemos que lidiar. Los pensadores de la crisis han reparado también en que, desde las honduras de la existencia, en el instante de la desesperación, hecha la “experiencia de la nada”, puede encontrarse un nuevo aplomo sin fundamentos. “Donde hay peligro emerge también lo salvífico”, escribió Hölderlin.