Economista

El escenario

Se van a cumplir los primeros 100 días de gobierno, que normalmente son de luna de miel política. Pero esta vez no ha sido así. La estrategia de los contrarios a esta administración no ha sido precisamente de oposición, sino literalmente de bloqueo, a la vieja usanza de negar el pan y el agua. A tres semanas del gobierno ya iniciaron una interpelación, las protestas y manifestaciones están a la orden del día, y cualquier chascarro es elevado a pecado capital sin interés alguno en los grandes temas nacionales o las prioridades. Todo indica que la cosa irá empeorando y por una razón muy elemental: el éxito de este gobierno significa probablemente un segundo período del sector y eso es el fin de la oposición como conglomerado estable, que como todos sabemos depende del botín del Estado para sobrevivir.

Para lograr bloquear al gobierno saben muy bien que deben llegar a deteriorar la economía, la nave madre de recuperación del período anterior. Es decir, si Piñera no logra dinamizar las cifras de crecimiento, es muy difícil lograr un segundo período para la centroderecha. Suena muy mal pero es el trasfondo real, y que jamás podrían reconocer. Lo veremos en los hechos.

La Nueva Mayoría, para nacer simplemente destruyó a la Concertación. Peor aún, la negó, la descalificó, renegó de ella. Su gobierno fue francamente deficiente en lo técnico y en lo político, y el resultado electoral fue simplemente catastrófico. Además, el Frente Amplio (sus propios hijos) les irrumpió nada menos que por la izquierda y de manera dramática. En paralelo, la derecha se ordenó. Abrió por un lado una nueva cara de centro con el PRI y Evópoli, se amainó a conversar con Ciudadanos y la DC, y por otro lado, también abrió una nueva cara de derecha más categórica, que defiende su aporte histórico al país, en el movimiento de J.A. Kast. El resultado electoral fue muy contundente y rompió el mito de que la derecha no podía llegar al poder vía elecciones. Sin duda, un nuevo escenario histórico para el país, que además quedó muy polarizado por la forma en que se ejerció la última administración.

Los dilemas

El rebaraje del naipe político es inevitable, pero no está fácil predecir cómo va a ocurrir. Mal que mal tenemos 30 partidos políticos, muchos movimientos y demasiados profetas. La DC vive sus últimos momentos de partido relevante en la política y se encamina a ser un partido pequeño orientado a la izquierda, de liderazgos reguleques, emplazado en una izquierda tradicional que nunca la respetará. Por eso, no puede crecer por ese lado. El hoyo que queda en el centro es muy grande.

El PPD viene deteriorándose aceleradamente luego de haber sido ideólogos de la retroexcavadora, que fue letal para la coalición. Hoy presenta dos sectores moderados a la presidencia y una cara joven. Su drama es ideológico: en ese camino no tiene mucho que ofrecer y su fuerza de operadora política está muy deteriorada, además de mal vista.
El PS sigue con sus pugnas internas dividido en diversas facciones, pero apoyado en una larga historia política que no le deja renovarse intelectualmente. El PC fue el único gran ganador del último período (por cierto a costa de toda su coalición), habiendo ganado en visibilidad, influencia y representación política. Por eso, seguirá consolidándose. El problema es que el PC es más una religión que un partido político y eso enreda el debate nacional. Avanzar sin transar no es lo que más ayuda a la democracia.

El Frente Amplio ganó presencia criticando un sistema político degradado, pero sin propuestas novedosas. Sus 14 movimientos solo se han podido unir para ir contra situaciones, pero difícilmente a favor de algo. En el cómo concreto es muy difícil ponerse de acuerdo. Además, no tienen experiencia alguna, pero sí muchos caudillos personalistas. Ese naipe se va a rebarajar también.

Los dilemas centrales entonces son varios. Primero, si el país logrará encontrar un eje de centro republicano que mire al largo plazo o seguirá agitando el péndulo del odio y la polarización. Esto dependerá de cómo se rebaraje el naipe, y del desempeño de este gobierno. Segundo, si el Congreso permitirá la gobernabilidad o seguirá transformándose en un reality. Tercero, si la oposición logrará detener la economía, que parte debilitada por la gestión anterior, con un déficit fiscal muy serio, una deuda pública severa y un compromiso adquirido de gastos que se deben recortar.

Los hitos que definen

Hasta la fecha, el nuevo gobierno no ha anunciado grandes proyectos emblemáticos, sino básicamente medidas que mejoran la gestión del Estado. Eso es sin duda muy positivo y un gran déficit del gobierno anterior, pero nuestra política es adolescente y demanda dichos proyectos emblemáticos. En mi opinión, los grandes estadistas tienen esos proyectos y se la juegan en uno o dos de ellos contra los tecnócratas, que tienen razón el 90% de los casos. Si la intuición del estadista es la adecuada, el logro es trascendente y se llenan de gloria, si no, solo de críticas. Pinochet, por ejemplo, entre otras cosas, se la jugó en lo personal con la Carretera Austral y la regionalización, y acertó. Lagos por las concesiones y también acertó, pero no así con el Transantiago. Bachelet en su primer gobierno con el pilar solidario y acertó, y luego se la jugó por seis grandes reformas, y no hizo ninguna bien. Lo que pueda hacer este gobierno en ese sentido lo sabremos el 1 de junio en la primera cuenta. Después, ya no hay tiempo. La carretera hídrica es una posibilidad, la verdadera regionalización, la modernización del Estado, o la iluminación digital otra, solo por mencionar algunas.

Ya a finales de mayo, en general la economía está bastante jugada y tiene una base de comparación muy baja, así es que de no mediar crisis internacionales, debiera terminar con un crecimiento sobre el 4%, quizás incluso sobre 4,5%, lo que simbólicamente es un golpe muy duro a la Nueva Mayoría. La prueba más real será en 2019, y en octubre sabremos cómo viene la nueva mano presupuestaria. La carga del déficit fiscal es agobiadora y debe ser recortada, lo que es muy difícil políticamente.

Para fines de año, el rebaraje político será una realidad y ahí entenderemos cómo será el partido, especialmente en el Congreso y en la calle. Ya empezarán a aparecer los potenciales candidatos. De hecho, ya hay uno de la oposición en cartera (Máximo Pacheco). Del sector oficialista son varios.

El 2019 también tiene elecciones municipales, que en los últimos dos casos fueron precisas en anticipar resultados presidenciales. Ahí veremos nuevamente cómo resultó el rebaraje. También este año sabremos si el tema de la Araucanía tiene norte o no, lo que no es trivial. En salud pública se esperan grandes avances y será un frente político mayor. Podríamos ver cambios en las isapres, en listas de espera, en nuevas tecnologías de atención y otras mejoras significativas. En educación, el gallito lo está haciendo el movimiento estudiantil con el fin exclusivo de botar al ministro. No hay planteamiento alguno en el tema, que no sean los eslóganes característicos. Es pura política de fuerza. Esa será la prueba de fuego. Una ficha importante ha puesto el gobierno en el Ministerio de Desarrollo Social, donde se gesta un aporte significativo del empresariado. Si eso ocurre, será un golpe a la cátedra. Sin duda será tema crítico lo que ocurra en el tema delincuencia, en que se prevé mucha acción estatal.

Epílogo

Somos un país políticamente muy inmaduro, y esa es la causa más profunda de no ser desarrollados. Una parte de nuestros políticos aún creen en los caminos cortos, en los milagros de las revoluciones, en los cambios estructurales impuestos a la fuerza. El voluntarismo estéril de las utopías y de un ser humano que no existe. Otra parte parece no tener sensibilidad real frente a los problemas sociales más urgentes. Por eso no se dialoga, se grita y ladra, se descalifica al adversario. Es generalmente una pelea de dogmas, no de razones, y así jamás se avanza.

No es finalmente una contienda por mejores políticas públicas, sino entre los buenos y los malos, respectivamente. La ex presidenta en un tuit reciente se vistió de princesa Leia, para definir a sus adversarios, literalmente, como las fuerzas de la oscuridad. Seguimos pegados en el pasado, no hemos aprendido mucho.

Dicho todo lo anterior, necesitamos una renovación urgente de nuestros liderazgos. Ideas para el siglo 21, no para el siglo 19. En ese sentido, los jóvenes que llegaron a la política son una enorme decepción: llegaron a proponer el agua tibia como si fuese una novedad.
El cambio climático nos pegará muy duro, tal como la inteligencia artificial y la digitalización de una realidad aumentada, dentro de la web 4.0. El salto evolutivo del transhumanismo es una realidad que nuestra ceguera nos impide aceptar. Las religiones tradicionales están en crisis terminales, vienen nuevas formas de espiritualidad. La educación ideologizada es nefasta y la homogenización de esta aun peor. Los paradigmas científicos están ya al borde de vislumbrar un nuevo tipo de universo, quizás múltiple, con nuevas teorías del tiempo y una nueva manera de entender la materia. Vienen nuevas formas de gobierno global y de transculturización, en un mundo que debe operar 7×24, nos guste o no. La brecha digital es la clave de las desigualdades que se nos vienen. En fin, es tiempo de dejar de mirar el futuro por el retrovisor.